El respeto en el baloncesto
Todos los que somos aficionados al deporte de la canasta conseguiríamos definir la palabra ‘baloncesto’ con más o menos rigor, clarividencia o exactitud. Pero, ¿y la palabra ‘respeto’? ¿La conocemos? Seguro que diríamos que sí, pero, ¿realmente aplicamos todos su significado en una cancha de baloncesto?
Quienes tengan alguna duda sobre el significado de ‘respeto’ quizás debieran saber que este término proviene del latín respectus, que significa atención, consideración, veneración y deferencia. En castellano se podría definir como la virtud del ser humano para aceptar y comprender la manera de pensar o actuar de un individuo o grupo, además de reconocer sus derechos.
Lo cierto es que, aunque todos o casi todos conozcamos este término, pocos partidos de baloncesto hay en los que de una u otra manera no se atente contra lo que significa, ya sea por parte del público, ya por los jugadores, entrenadores e incluso hasta por los árbitros. Estos últimos suelen ser los menos respetados, a pesar de ser imprescindibles para disputar los partidos. No quiero practicar demagogia barata afirmando que nunca he faltado al respeto a algún arbitro, porque estaría faltando a la verdad, lo cual también sería una falta de respeto hacia quienes lean estas reflexiones. Quienes hemos sido o somos jugadores entendemos más que nadie la dificultad de controlarnos, a 200 pulsaciones, frente a una decisión arbitral que nos parece injusta, pero debemos hacerlo, pues es parte del juego; además, de no controlarnos, dejaríamos de respetar también a nuestro equipo, a nuestros compañeros, ya que podríamos ser sancionados y echar por tierra todo el trabajo realizado. Esta reflexión también se extiende a la figura del entrenador, en especial en las categorías de formación, donde el comportamiento de éste suele servir de pauta o ejemplo para sus jóvenes jugadores/as. Cuántas veces hemos visto a un entrenador, incluso en categorías de mini, “montarla” en un partido cargando contra el árbitro, e incluso contra el público. El mensaje que emite a sus jugadores podría ser éste: “No hay que respetar al árbitro que se equivoca”, o “el equipo contrario es el enemigo”. ¡Qué aberración!
Continuando con mi apología del respeto me veo en la obligación de mencionar a los aficionados, diferenciando entre los que tienen afición a éste deporte y los que la tienen solamente a su hijo/a, o lo que es todavía peor, a la bronca pura y dura. El que critica al entrenador porque su hijo juega poco (sin conocer los motivos), el que insulta al equipo contrario o al árbitro, e incluso el que no se corta a la hora de menospreciar a los compañeros (muchas veces también amigos) de su vástago, flaco favor están haciendo al baloncesto.
Creo que muchos de nosotros, cuando observamos uno de estos comportamientos, pensamos aquello de “éste viene del fútbol”, dicho sea con respeto hacia quienes aman este deporte, entre los que yo también me incluyo. Y es que “aficionados bastardos” los hay en todos los ámbitos de la vida, y si apelo al caso del fútbol es porque, dada su masa de aficionados, es más probable toparse con algunos desaprensivos.
Entre los jugadores también se observan faltas de respeto con demasiada asiduidad. Aparte de las ya mencionadas hacia los árbitros, las hay dirigidas a sus rivales, que no enemigos. Insultar a un contrario en la cancha, dedicarle burlonamente una canasta, negarle la mano al finalizar el partido o hacerle una falta con el único propósito de dañarle son conductas poco apropiadas, que distan mucho de la ética que debemos practicar y transmitir. El jugador que intenta lucirse menospreciando sólo merece que se le recuerde esta frase del filósofo suizo Rousseau: “Siempre es más valioso tener el respeto de las personas que su admiración”.
Puesto que, aunque siga jugando, me considero más entrenador que jugador insistiré en la idea del entrenador como apóstol y practicante del respeto. Creo que nuestra misión, además de enseñar baloncesto, es educar en valores como el respeto, ética y deportividad. Debemos cuidar que nuestros jugadores se respeten entre ellos, respeten al público, al rival, al árbitro, y sobre todo a nuestro amado deporte, además de que nos respeten a nosotros como entrenadores. Para ello debemos ser coherentes en nuestra forma de actuar, respetando todo lo dicho y, en especial, respetando a nuestros propios jugadores. Todos hemos abroncado alguna vez, de lo cual luego, en frío, nos hemos arrepentido, porque consideramos que hemos sobrepasado la línea. Debemos de ser justos, y no humillar al jugador, sancionarle si lo consideramos necesario pero jamás faltarle al respeto, ya que el jugador es persona que siente y padece, y no sólo una mera pieza que conforma el puzle del equipo.
No quiero que de lo dicho alguien pueda deducir que pienso que este deporte está plagado de faltas de respeto, porque opino lo contrario. La mayoría de los que estamos en este apasionante mundo de la canasta vemos, y afortunadamente no pocas veces, señales de admiración, deportividad, generosidad, fraternidad y trabajo en equipo, todas ellas ligadas a la palabra RESPETO.
Ciertamente lo expuesto en este artículo no es una verdad absoluta, sino sólo una opinión personal basada en mi relativamente corta experiencia en este mundillo, y con el hándicap de no haber trabajado nunca en un equipo profesional. Y así, como una modesta opinión, quisiera que se considerase.
Termino mencionando a alguien que probablemente es una de las personas que más nos puede enseñar sobre respeto y otros valores a practicar en una cancha de baloncesto. Es Juanjo Moreno, un referente del baloncesto vizcaíno, al que recomiendo escuchar siempre que se tenga ocasión.
